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Fuente: Diario “El Mundo”, 26/01/2015.
Autor: JUAN JOSÉ RIVAS MORENO

“Siempre se ha visto que, cuando un gobierno hipoteca sus ingresos para pagar la deuda, éste está destinado a hundirse en un estado de languidez, inactividad, e impotencia. [Las consecuencias del endeudamiento] deben ser por necesidad una de estas dos: o bien la nación destruye la deuda pública, o bien la deuda pública destruye a la nación. Las dos no pueden coexistir”. En el contexto del ascenso de partidos anti-austeridad como Podemos en España y Movimiento Cinque Stelle en Italia, y tras la victoria de Syriza en las elecciones griegas, la repudia de la deuda nacional contraída con Europa se ha convertido en el tema principal de la especulación tanto política como económica.

Con las bolsas bailando al son de encuestas cada vez más fragmentadas, la cita anterior se ha convertido en el tema de cada día. No obstante, estas palabras no fueron escritas por ningún intelectual influido por la crisis de la deuda soberana, sino por el filósofo David Hume (1711-1776). Y es que a pesar de la innegable actualidad que comporta una crisis que ha presenciado dos rescates consecutivos de Grecia, cuya deuda, a pesar de todos los esfuerzos, constituye el 170% de su PIB, muy pocos recuerdan que la deuda de Gran Bretaña en 1819, en el apogeo de la primera Revolución Industrial, superaba el 260% de su PIB, un porcentaje mucho mayor que el de Grecia.

España, China y el Imperio Otomano

Desde la crisis de la deuda, la idea de que el crédito público es el primer paso hacia la pérdida de la soberanía nacional a través de una intervención económica se ha expandido. En la campaña electoral que ha llevado a Syriza a la victoria en las elecciones generales del 25 de enero, Alexis Tsipras centró su discurso en “recuperar la dignidad”, recuperar la independencia. La noción de deuda como esclavitud tiene su origen en el siglo XIX, en el zénit del imperialismo, cuando varias naciones intentaron incorporarse al mundo moderno adquiriendo préstamos de bancos europeos. Para comprender la retórica y la trayectoria de la Grecia intervenida, uno debe volver sus ojos a sus precursores, estados que en un cierto momento se vieron atrapados en el círculo vicioso de la deuda: la China Qing, el Imperio Otomano, y España.

A nadie se le puede escapar la singularidad de que los tres imperios más poderosos de la época pre-moderna pasasen a convertirse en estados dependientes de crédito internacional en la edad industrial. En cierto modo, España, China, y el Imperio Otomano vivieron historias paralelas: los tres países sufrieron un largo período de decadencia que acabó con sus estatus imperial hacia 1840, a lo que siguió un lento proceso de reforma. Los tres países, igualmente, sufrieron algún tipo de crisis hacia la segunda mitad de siglo que los empujó hacia el endeudamiento con el exterior, entrando en un círculo vicioso que estallaría entre finales del siglo XIX o principios del siglo XX, para acabar en una serie de dictaduras nacionalistas: Miguel Primo de Rivera en 1923, Mustafá Kemal Atatürk en el mismo año, y Chang Kai Shek en 1927.

Primo de Rivera, Chiang Kai Shek y Kemal Ataturk.

 

En los tres casos, tanto España como China y el imperio Otomano se vieron obligados a contraer cada vez más deuda en los mercados internacionales con el fin de hacer frente a su larga decadencia, y con la esperanza de modernizar su industria. Y en los tres países, la deuda contraída llevaría a aceptar, en mayor o menor grado, la intervención extranjera.

El principio de un inacabable fin

España, a diferencia de China y el Imperio Otomano, tenía una larga historia de deuda pública desde la famosa elección de Carlos I como emperador en 1518, un logro que dependió en gran medida de los Fugger, la familia de banqueros de Ausgburgo que adelantó el dinero necesario para la elección. Como recompensa, los banqueros recibieron el derecho de explotar los recursos de ciertas tierras americanas que, en su momento, se llamaron Klein Venedig, en castellano Pequeña Venecia o Venezuela. Ya en la historiografía del siglo XIX eran famosas las llamadas “bancarrotas” de Felipe II, y la falta de liquidez crónica de la monarquía hispana. No obstante, la España de Carlos II y los primeros Borbones realizarían una gesta financiera sin precedentes: el imperio español consiguió reducir su deuda a cero, y se mantuvo durante el siglo XVIII sin emitir ningún empréstito al exterior.

España se vio privada de los ingresos que habían mantenido su crédito internacional a flote durante más de trescientos años

No obstante, la Revolución Francesa de 1789, y las Guerras Revolucionarias que le siguieron desde 1792, forzaron a la monarquía a reiniciar la emisión de deuda pública. Las cuentas del Antiguo Régimen alcanzaron cifras desorbitadas. No obstante, la plata y los recursos de América sirvieron como garantía a la mayoría de los inversores como habían hecho con los Fugger en 1518. El gran problema de la Hacienda española sólo comenzó una vez tales recursos desaparecieron: entre 1808 y 1824, cuando el último ejército realista fue derrotado en la batalla de Ayacucho, España se vio privada de los ingresos que habían mantenido su crédito internacional a flote durante más de trescientos años. La situación se vio agravada por la Primera Guerra Carlista, que prolongó la agonía hasta 1840. Los primeros regímenes liberales de la Regencia de María Cristina heredaron, por tanto, una deuda que parecía inalcanzable ahora que los recursos del Antiguo Régimen se habían extinguido, y un déficit de guerra que aniquilaron el estatus imperial de España.

Batalla de Navarino (1827).

 

El Imperio Otomano sufrió una suerte parecida a la de España. Las ideas nacionalistas y liberales de la Revolución Francesa arraigaron durante principios del siglo en Grecia, donde un levantamiento iniciaría la llamada Guerra de Independencia en 1822, que duraría hasta 1834. Durante la guerra, los turcos llamaron en su ayuda a Mohammed Alí Bey de Egipto y vasallo nominal del Sultán. Las tropas de Mohammed Alí conseguirían derrotar a los griegos en una serie de sitios, hasta que la matanza de Missolonghi provocó la intervención de Rusia, Francia y Gran Bretaña. El imperio otomano tuvo so propio Trafalgar en la Batalla de Navarino de 1827, en la que la última flota turca del Mediterráneo fue destruida por los aliados.

Tras la derrota, Mohammed Alí decidió buscar su recompensa en las propias tierras del Sultán, y atacó Palestina y Siria. Los turcos, sin un ejército con el que poder enfrentarse a los egipcios, tuvieron que solicitar la ayuda de sus antiguos enemigos, forzando de nuevo la intervención de Gran Bretaña y Rusia. La ayuda internacional, no obstante, tenía un precio: mediante el Tratado de Balta de 1838, Turquía aceptaba adoptar un sistema de libre mercado, retirando los impuestos sobre las importaciones.

El caso de la dinastía Qing en China fue similar. Hacia 1820, el imperio más poderoso y la primera potencia mundial, daba síntomas de claro deterioro económico. Anclado en un sistema comercial sumamente restrictivo, a través del cual todo comercio internacional debía llevarse a cabo a través del gremio del Cohong en Cantón, China chocó con los intereses occidentales durante la Primera Guerra del Opio (1839-1842). La derrota fue la primera desde que los Manchúes conquistaron Pekín en 1644, y supuso el comienzo de un largo proceso de decadencia.

Bancarrota política

A pesar de su manifiesta debilidad, ninguno de los arcaicos gigantes pre-industriales llevó a cabo un serio programa de reformas con el fin de acabar con los problemas estructurales de cada nación. La bancarrota política de la España decimonónica llegaría a su punto álgido tras el embargo de la Guerra de Crimea, y la recesión que le siguió. La inestabilidad propició, en un principio, el alzamiento de O’Donnell en 1856, y más tarde el estallido de La Gloriosa en 1868, que llevaría al exilio de Isabel II y a una situación de caos político que sólo terminaría con la Restauración Borbónica de 1875.

La bancarrota política de la España decimonónica llegaría a su punto álgido tras el embargo de la Guerra de Crimea

En Turquía, el estallido de la Guerra de Crimea contra Rusia forzó al gobierno del Sultán a emitir deuda por primera vez en su historia. Los intereses impuesto sobre el crédito extranjero pronto se multiplicaron, hasta que en 1875 la deuda alcanzó el valor nominal de los 200 millones de libras, con un pago de amortizaciones por valor de 12 millones. Por aquel entonces, el imperio otomano se vio obligado a destinar un 55% del total de sus ingresos anuales al pago de los intereses. La situación se agravó de forma incontrolable al estallar la Guerra Ruso-Turca de 1877-1878.

Del mismo modo, el estallido de la Rebelión Taiping en China en 1850 supuso la desintegración de la superestructura provincial que había mantenido a China unida desde la creación del imperio. Los rebeldes llegaron a tomar la antigua capital de Nanking y amenazaron con avanzar sobre Pekín, aunque fracasaron. Quienes sí consiguieron tomar la capital del imperio fueron las potencias occidentales, quienes formando una gran coalición (Gran Bretaña, Francia, Rusia y EEUU), capturaron Cantón y Tientsin, y quemaron en Palacio de Verano en Pekín durante la Segunda Guerra del Opio (1856-1860).

Fumadero de Opio en China, siglo XIX

Fumadero de Opio en China, siglo XIX.

Durante estos años de inestabilidad, la deuda representó una fuente de ingresos alternativa a los impuestos que permitía un acceso inmediato a las cantidades de dinero requeridas por los estados. En España, donde la situación era relativamente estable, los acuerdos de crédito vinieron apoyados por importantes concesiones en el sector minero – Almadén pasaría a estar controlada por la familia Rothschild, minas de Río Tinto – y ferroviario a bancos y entidades extranjeras.

En China, el gobierno imperial comenzó a emitir deuda para financiar la reconstrucción del país tras catorce años de guerra y para modernizar la industria. Con el fin de garantizar el repago de la deuda, las potencias occidentales crearon el Imperial Maritime Custom Service encargado de recaudar los impuestos aduaneros del imperio, y manejado desde sus orígenes por oficiales europeos. Del mismo modo se creó en el imperio otomano el Departamento de la Administración de la Deuda Pública Otomana en 1881 tras una renegociación de la deuda soberana. Al igual que el IMCS chino, la Administración de la Deuda estaba dirigido por oficiales de las potencias europeas, y en su momento de mayor esplendor llegó a mantener a cerca de 9.000 empleados, un número mayor que el propio ministerio de finanzas.

El propósito de ambas instituciones, en última instancia, fue el de garantizar el pago de la deuda mediante la confiscación y la recolección de ciertos impuestos. En el caso del IMCS, los oficiales extranjeros se apoderaron de los aranceles. En el caso de la Administración Pública Otomana, el Sultán reservo el monopolio de la sal y el tabaco, el impuesto sobre el papel estampado, y sobre el alcohol, y el diezmo sobre la seda. Hipotecar los recursos naturales – España – o los ingresos fiscales – China y el Imperio Otomano – supuso a la larga la contracción de los ingresos nacionales, forzando a los gobiernos a adquirir deuda con el propósito de pagar los intereses, sumiéndolos en un ciclo interminable que estalló en diferentes momentos entre finales del siglo XIX y principios del XX: en Turquía, la Guerra de los Balcanes de 1912-1913, y la I Guerra Mundial llevarían al poder al nacionalista Mustafá Kemal Atatürk, quien renegociaría la deuda.

La Guerra Chino-Japonesa de 1895-96, y la rebelión de los Boxers en 1900 impusieron una carga sobre la economía China que llevó al estado a la revolución en 1911, derrocando a la dinastía Qing y proclamando la República. En España, la Guerra de Cuba de 1898 supuso la quiebra del modelo de la restauración. La crisis económica y moral que siguió, incluyendo una deuda siempre en ascenso, allanaría el camino para que Miguel Primo de Rivera asumiera el poder en 1923.

La soberania derrocada por el endeudamiento

Los antecedentes históricos parecen dar la razón a David Hume: un estado intervenido cuyos recursos son hipotecados a duras penas puede mantener la integridad de sus instituciones. El caso de Grecia, donde los partidos anti-austeridad han obtenido la victoria, parece amoldarse a este contexto histórico. Sin embargo, no siempre la deuda pública ha implicado una pérdida de soberanía. En 1819, la deuda británica equivalía a un 260% del PIB. ¿Cómo consiguió Gran Bretaña pagar la deuda sin comprometer la integridad de sus instituciones? El milagro de la deuda pública británica no es más que una ilusión óptica: Gran Bretaña nunca disminuyó sus niveles de deuda. El Parlamento británico, no obstante, consiguió mantener la deuda estable mientras que el PIB de la nación se disparaba. Fue el ratio entre deuda y PIB lo que permitió que el estado capease el temporal sin mayores concesiones constitucionales que la reforma electoral de 1832. Históricamente, la deuda pública sólo ha podido sostenerse en un escenario en el que el PIB crece a un nivel similar al endeudamiento. Grecia ha sufrido una contracción del PIB del 25% en los últimos seis años. No obstante, los últimos datos macroeconómicos de 2014 han anunciado que Grecia ha salido de la recesión con un ligero incremento del 1,9% tras seis años en negativo. El nuevo gobierno de Syriza será quien tenga que hacer frente al rompecabezas de la deuda.

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