Etiquetas

, ,

Churchill encarnó un tipo de conservadurismo paternalista.

Fuente: Diario “El Mundo“, 26/01/2015

Autor: ROBERTO VILLA, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Rey Juan Carlos

En el ocaso vital de su progenitor, un emocionado Randolph Churchill resumió su trayectoria de la siguiente forma: “Tu gloria está consagrada para siempre en el pedestal inmortal de tus logros; y jamás podrá ser destruida o manchada. Fluirá con los siglos”.

Estas palabras quedarían como una simple demostración de amor filial si no fuera porque iban dirigidas al que, hoy por hoy, se considera el político británico más importante del siglo XX. Más aún, Winston Churchill es una de las figuras sin las que es imposible comprender la historia de la Europa de entreguerras y del mundo de la segunda postguerra.

Tras conseguir la victoria bélica fue derrotado en las urnas por el Partido Laborista de Attlee.

En efecto, su proyección fue tal que, pese a retirarse de la primera línea política en 1955, sus concepciones sobre política internacional perduraron en el periodo de la Guerra Fría.

La más destacada, sin duda, fue su decidida apuesta por una activa resistencia del mundo libre frente al expansionismo soviético, combinada con inteligentes dosis de transigencia en la cuestión del rearme, destinadas a evitar un holocausto nuclear.

De su trayectoria, el Churchill más conocido es sin duda el hombre que comandó la Marina británica durante la Primera Guerra Mundial, el que enérgica e implacablemente se opuso a la política de apaciguamiento con la Alemania nazi, la figura que dirigió la resistencia británica -y multinacional- contra la Europa sometida por Hitler y, por supuesto, el premier que, pese a sus intentos de preservar el Imperio y el poder naval de Reino Unido, no pudo evitar el declive de su país en beneficio de las dos superpotencias extraeuropeas que lideraron el mundo a partir de 1945, Estados Unidos y la Unión Soviética.

El político que, en definitiva, tras conseguir la victoria bélica, fue derrotado en las urnas por el Partido Laborista de Clement Attlee. Pero el bagaje político de Churchill data de varias décadas atrás. Y propiamente, su carrera política tampoco finalizó justo tras la Segunda Guerra Mundial.

Puente entre dos épocas de la historia de Reino Unido

Fue, con 76 años, nuevamente premier tras la revancha electoral de 1951, y no dejó de liderar el Gobierno hasta cuatro años más tarde. De hecho, continuó hasta un año antes de su muerte, en 1965, en la Cámara de los Comunes, convirtiéndose en el único diputado británico que lo había sido desde el reinado de Victoria I.

Puente entre dos épocas bien diferentes de la historia de Reino Unido, las ideas, inquietudes y hábitos políticos de Churchill eran, por edad y temperamento, los de un statesman de las eras victoriana y eduardiana.

Estaba comprometido con el mantenimiento de las tradiciones políticas británicas y la conservación de las colonias y la Commonwealth, la mancomunidad de naciones sobre la que fundamentaba la primacía mundial de su país. Pero, al mismo tiempo, lo estaba también con la reforma social, orientada a la mejora del nivel de vida medio de sus conciudadanos.

Churchill en su juventud

Churchill había nacido en 1874 en el seno de una familia aristocrática. Su abuelo era Duque de Marlborough y su padre, Lord Randolph Churchill, un prominente político conservador que había llegado a ostentar la Secretaría de Estado de la India, la presidencia de los Comunes y el Ministerio de Hacienda.

Educado en uno de los colegios de élite, Harrow, fue un estudiante mediocre aunque destacó excepcionalmente en Historia, y en redacción y lengua inglesa, habilidades que le serían útiles en su carrera política.

Por decisión de su padre, Churchill ingresó en la academia militar de Sandhurst, de donde salió oficial de caballería. Desde muy joven mostró propensión por la aventura, en una calculada apuesta por obtener notoriedad pública. Su primer destino fue la India. Con veinte años decidió marchar a Cuba donde, a la vez que ejercía de corresponsal de guerra, luchó contra los rebeldes independentistas enrolado en una unidad del Ejército español.

Sin solución de continuidad, marchó con las tropas británicas primero a Sudán, y posteriormente a Sudáfrica para combatir a los Boers. Apresado por éstos, logró fugarse y alcanzar, en una espectacular marcha de centenares de kilómetros, la colonia portuguesa de Mozambique. Desde allí, pudo reincorporarse al ejército británico y participar en la toma de Pretoria.

Sus crónicas periodísticas, sus libros y su arrojo militar le granjearon gran popularidad.

A su regreso a Gran Bretaña, donde sus crónicas periodísticas y libros, y el arrojo demostrado como militar le habían granjeado popularidad, decidió dedicarse de lleno a la política.

Tras fracasar en un primer intento, en 1900 logró sentarse en los Comunes, triunfando por el distrito de Oldham. Su adscripción a los tories, el partido de su padre, apenas duró un lustro. En 1904, en una dramática sesión parlamentaria, cruzó el salón para sentarse en la bancada de la oposición, escenificando su ruptura con los conservadores y su ingreso en el Partido Liberal.

El detonante fue su rotunda oposición a que se abandonara la tradicional política de librecambio, pues el gobierno conservador había llevado a la Cámara un fuerte incremento de las tarifas aduaneras. Una ruptura así no carecía de riesgos, entre ellos el daño a su reputación social, el enfriamiento de sus relaciones familiares y la pérdida del distrito por el que había sido elegido. Pero las circunstancias le acompañaron.

Un político valiente y enérgico, arrogante y obstinado

El joven Churchill era considerado por los dirigentes de su nuevo partido como un activo importante. De ahí que, cuando en 1905 los liberales lograron triunfar, Churchill se integrara desde el primer momento en los gobiernos de Campbell-Bannerman y Asquith. Viceministro de Colonias, ascendió con el segundo para dirigir, sucesivamente, los Ministerios de Comercio, Interior y Marina, este último durante la primera parte de la Gran Guerra.

El aventurerismo que demostró durante su carrera militar y su discordancia con el Partido Conservador, revelaban una fuerte personalidad. Churchill era tan valiente y enérgico como arrogante y obstinado, y parecía gustar de la confrontación política más que de la transacción. Su labor al frente del orden público fue especialmente contestada, sobre todo por su afición a dirigir personalmente las redadas.

No llegó a simpatizar nunca con la causa del sufragio femenino.

En 1911 se hallaba presente en una reyerta entre anarquistas letones y policías en una calle de Londres, que se había saldado con la muerte de tres bobbies.

El edificio en el que se habían hecho fuertes los anarquistas comenzó a arder, pero Churchill ordenó que no se sofocara el incendio hasta que no se rindieran. Varios no lo hicieron y murieron carbonizados. La dureza que revelaba este episodio, empero, no era la tónica dominante de su gestión, que no excluía rasgos notoriamente humanitarios. Reformó en este sentido el obsoleto sistema penitenciario británico.

Y aunque políticamente no simpatizaba con la causa del sufragio femenino, se negó a equiparar a las sufragistas con los delincuentes comunes. De modo que los detenidos por reivindicar de modo violento el voto para la mujer -el mismo Churchill había recibido un latigazo de un activista masculino en 1908- tuvieron un trato especial en comisarías y cárceles.

La guerra, los escrúpulos morales y la intransigencia

No puede descartarse el hecho de que, conforme fue adquiriendo experiencia, comenzara a entender la política como una interacción entre el ideal y la realidad. Varias situaciones muestran que, incluso, su arrogancia y gusto por la confrontación podían tener mucho de pose.

Como militar y corresponsal de guerra combinaba el aprecio por el riesgo y la aventura con un contradictorio desaliento, expresado en sus escritos, motivado por los efectos negativos de los episodios bélicos en que participó: el coste de vidas humanas, el poso de odio y salvajismo, el abuso hacia los vencidos, las tácticas guerrilleras de tierra quemada… Era consciente del efecto disolvente que tenía la guerra sobre cualquier escrúpulo moral, y esto no dejó de apesadumbrarle siquiera durante la Segunda Guerra Mundial.

Y no es que el análisis churchilliano fuese análogo al de un pacifista. Lo que más bien se traslucía en sus escritos era un rechazo de la guerra moderna, que contradecía su concepción idealizada y aristocratizante de lo bélico. Lo consideraba como una disputa no exenta de ciertas reglas de caballerosidad y humanitarismo que él lamentaba que pareciesen en irremediable extinción. Precisamente por ello, solía mostrar notable empatía hacia los enemigos.

Y es que, tras la pose intransigente, aparecía un político especialmente dotado para la conciliación. Por ejemplo, como Viceministro de Colonias participó activamente en la redacción de las Constituciones de Transvaal y Orange, que concedían gran autonomía a los estados Bóer anexionados a Gran Bretaña. Su intervención fue también fundamental en la negociación con los rebeldes irlandeses y en la difícil tramitación parlamentaria del Tratado de 1922, que convertía a Irlanda en un Estado Libre dentro del Imperio británico.

En algunos de sus escritos, Churchill mostraba un notable desaliento y cierto rechazo por la guerra moderna

 

El descendiente del Duque de Marlborough también se explicitaba en su modo de concebir la “cuestión social”, esto es, el ascenso del movimiento obrero como un factor político de primer orden.

Churchill nunca fue un liberal del laissez-faire, sino que encarnó un tipo de conservadurismo paternalista y compasivo que cuadraba bien con la tradición tory. Contradictoriamente, esto le hizo sentirse especialmente a gusto en el Partido Liberal, donde ganaban fuerza las ideas del New Liberalism, favorables a una activa intervención del Estado en la reforma social.

Buen ejemplo fue que, cuando Churchill hubo de afrontar la huelga de la construcción naval en 1908, lo hizo creando un organismo de negociación permanente con participación estatal. Esta primera incursión fructificó, y Churchill extendió la mediación entre patronos y obreros a otras industrias a través del Tribunal Permanente de Arbitraje.

Aparte, desde el Ministerio de Comercio, Churchill apoyó y desarrolló las iniciativas de Lloyd George que establecían seguros de desempleo, bolsas de trabajo, el salario mínimo en algunas profesiones, y nuevas regulaciones de las condiciones laborales en las fábricas. Pero su compromiso en este campo tenía límites muy claros. Churchill no toleraba que las reivindicaciones sociales se llevaran fuera de los cauces democráticos, y se mostró siempre dispuesto a reprimir las manifestaciones violentas y las acciones sindicales ilegales.

Contrario a la economía planificada y al comunismo

No sintió simpatía alguna por el movimiento laborista y se opuso repetidamente a los intentos de planificación pública de la economía y al programa de nacionalizaciones por el que apostaba la izquierda. A sus ojos, la combinación de ambas generaría un Estado omnipotente que destruiría la Constitución británica, fundada en la preservación de la libertad individual y en evitar, mediante un sistema de controles y contrapesos, la concentración del Poder político.

Aparte, desde el triunfo de los bolcheviques en Rusia, Churchill se convirtió en un destacado paladín del anticomunismo. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, fue firme partidario de ayudar a los “blancos” en la guerra civil rusa e, incluso, intentó promover una coalición internacional para combatir al gobierno de Lenin.

Precisamente, su oposición al comunismo constituyó el factor principal de su derechización. Retornó al Partido Conservador de la mano de Stanley Baldwin en 1924, y lo hizo a lo grande. Churchill fue nombrado ministro de Hacienda, el segundo cargo más importante del Gobierno y el mismo que había regentado su padre casi cuatro décadas atrás.

Su oposición al comunismo fue frontal y constituyó el papel principal de su derechización.

Desde ahí se posicionó enérgicamente contra la huelga general de 1926, que temía fuese el prolegómeno de una revolución. Pero las desavenencias con Baldwin no tardaron en explicitarse y Churchill acabó saliendo del Gobierno.

Éstas se basaban en su oposición al proteccionismo económico, al establecimiento de un gobierno autónomo en la India y, sobre todo, a la política de apaciguamiento hacia la Alemania nazi, que en su opinión no serviría para evitar otra guerra en Europa, sino más bien para incentivarla. Sería precisamente este asunto el que haría posible que la carrera política de Churchill, que en los treinta parecía ya amortizada, coronase su momento más brillante.

El arrojo y la firmeza en la defensa de los intereses británicos y también de los ideales liberal-democráticos, por entonces en declive en todo el continente europeo, combinada con su astucia y flexibilidad políticas, harían que Reino Unido pudiera resistir la avalancha nazi y, posteriormente, salir triunfante del conflicto más sangriento del siglo XX.

Anuncios