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Fuente: El Mundo. Especial 70 aniversario fin de la II Guerra Mundial.

Autor:JULIO MARTÍN ALARCÓN

Cuando apenas ha despuntado el sol, y se empiezan a ver las primeras bicicletas y el trasiego de los tranvías en las calles de Hiroshima, el calor de la mañana de agosto es ya casi asfixiante. Roza unos 30 grados envueltos en una bruma de humedad que transporta el río Ota, cuyo delta desemboca en el Mar Interior de la preciosa bahía de donde surge la isla de Mijayima. Han pasado casi 70 años de aquel 6 de agosto de 1945 cuando a las 8.15 explotó la primera bomba atómica sobre una ciudad, la única de la Historia junto a su hermana Nagasaki.

El sonido de unas campanas, que conmemoran todas las mañanas esa hora cero, sobrecogen al lado del esqueleto en ruinas de lo único que queda en pie, el Genbaku, la ‘cúpula de la Bomba Atómica’, el emblema que mejor representa el lugar en donde murieron 60.000 personas prácticamente en un instante. En ese momento, se hace difícil reconstruir los hechos, abrumado por la tenebrosa sensación de una ciudad que repite cada día ese fúnebre ritual, pero lo que sonó aquel día brevemente, unos minutos antes de las 8.15, no fueron campanas, sino las alarmas antiaéreas, cuando un B-29 americano apareció amenazante en el cielo.

Era la primera vez que se escuchaba el sonido de sus motores en Hiroshima, como se puede leer en muchos de los libros de testimonios de los ‘Hibakusha’, literalmente los “afectados por la explosión” –como denominan a los escasos supervivientes–, que jalonan la tienda del Museo de la Paz. Es el único edificio en el extremo sur de esa gigantesca tumba que es el Parque Memorial. Hiroshima no había recibido aún ningún bombardeo de EEUU, pero estaba alerta como todas las ciudades de Japón. Otras alarmas, a las 9 de la noche y tres de la mañana, señalaban el momento de mayor peligro, cuando eran habituales los bombardeos de los americanos, de noche, avisando así a sus habitantes cuándo había pasado el peligro.

Un niño rinde tributo a las víctimas en el Cenotafio de Hiroshima.Reuters

En unos segundos, la temperatura se elevó a unos 4.000 grados centígrados, cuando los rayos de luz y calor reventaron el aire. La onda expansiva produjo además el derrumbe de prácticamente todos los edificios en un radio de un kilómetro y medio, y la lluvia de fuego, al tiempo que se liberaba la maldita radiación, incendió el resto de la ciudad en minutos. Después cayó del cielo una tormenta de cenizas y humo que oscureció el día.

Nadie sabía muy bien que había pasado, sólo un destello, no una serie de bombas incendiarias y de napalm de eternos minutos, como había ocurrido en Tokio en el último y terrible ‘raid’ del 10 de marzo. Un solo destello.

Casi ningún ‘Hibakusha’ menciona la explosión en sus relatos, sino el inmenso flash de luz que anegó la ciudad. Antes de que la pudieran oír ya habían sido abrasados por la incandescente bola de luz y calor que se desparramó hacia abajo, porque ‘Little Boy’, la bomba de plutonio que lanzó el ‘Enola Gay’, estalló en el aire a 600 metros del suelo. La mayoría de los que sobrevivieron se encontraban por lo menos a medio kilómetro del epicentro, así que el sonido de la bomba les llegaría unos tres segundos después, cuando ya estaban en shock.

La pacífica Hiroshima

En comparación con Tokio, Kioto u Osaka, Hiroshima es y era entonces un remanso de paz, pero no sólo por su dimensión, sino porque respira de forma diferente. En 1945, mientras Tokio era ya una pila de escombros, la ciudad que albergaba la Escuela Naval de la otrora poderosa armada de Japón vivía desde cierta distancia el colapso del país. De hecho, muchos de sus niños estaban allí porque sus familiares los habían enviado desde las ciudades grandes. Un lugar más seguro que la capital, que estaba pagando los desmanes del Imperio del Sol Naciente tras la invasión de medio Asia, y el ataque por sorpresa a la base naval de EEUU en Pearl Harbor en 1941, cuando fueron los aviones japoneses los que surgieron de la nada sobre el cielo estadounidense, antes de haber declarado la guerra.

Palomas sobrevuelan el monumento a las víctimas.E.M.

En unos segundos, la temperatura se elevó a unos 4.000 grados. La onda expansiva produjo el derrumbe de prácticamente todos los edificios en un radio de un kilómetro y medio

Al sur del país, con una población menor, Hiroshima dista mucho del estereotipo de Japón, ni reminiscencias tradicionales del periodo Edo –el de los samuráis, los shogunes, las catanas– ni reclamos del país nipón más recientes, como el Manga, la tecnología. Ni siquiera la comida se parece a lo que se espera de la isla: hay puestos de ostras, un plato muy popular, pero a menudo son fritas, un bivalvo cocinado en el país del sushi, donde casi todo lo que viene del mar se come crudo, de la lubina al cangrejo. En su lugar están sus tortillas tradicionales, las Okonomiyaki, una especie de crepes de diferentes formas e ingredientes que tienen sus entusiastas.

Es una ciudad con turistas pero no turística, muy diferente a la concurrida Kioto, donde se puede esperar lo típico de estas ciudades monumentales repletas de restaurantes y puestos de comida abiertos a cualquier hora, además de tiendas de regalos. En Hiroshima, alrededor del memorial apenas hay dos o tres, con un horario que no pretende sacar provecho de los visitantes, y la única tienda está en el museo.

Cualquier idea preconcebida que se tenga sobre si estuvo justificada o no la bomba atómica para terminar con la guerra pasa un examen entre los jardines del parque memorial. Enclavado en una pequeña isleta que forman las dos desembocaduras del río Ota coincide con una porción de círculo de kilómetro y medio de radio que fue barrido del mapa.

Hace unos años, durante una entrevista con un experto de la Segunda Guerra Mundial, el británico Anthony Beevor, abordé la cuestión. En su libro, Beevor cuestionaba las últimas campañas aéreas de la RAF sobre Alemania, cuando el Tercer Reich estaba derrotado y los bombardeos no tenían ya más efecto que el de un castigo a la población. Me convenció, en este caso, de lo contrario. La invasión terrestre de EEUU habría sido un cataclismo peor, argumentaba, no sólo por los bombardeos convencionales y las acciones militares: los civiles japoneses habrían padecido una hambruna que los habría aniquilado en una proporción aún mayor.

Explosión nuclear de la bomba atómica en Hiroshima.E.M.

Es la misma versión del presidente estadounidense Harry Truman, el hombre que decidió tirar la bomba, y de su aliado Winston Churchill, que les conminó hacerlo en cuanto supo de la existencia de ese arma definitiva: había que terminar la guerra, si el precio era la barbarie, lo asumirían. Mientras surgen esas ideas en la quietud un tanto opresiva del memorial hay unos escolares que abordan a los visitantes con unas preguntas para un trabajo:

– ¿Por qué ha venido a Japón?

– ¿Cuál es la ciudad que más le gusta?

– ¿Su comida preferida?

De haberle preguntado al general MacArthur, el Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en el Frente del Pacífico, podría haber respondido sin vacilar: he venido a disfrutar la victoria, mi ciudad favorita es Tokio, como símbolo de la derrota y, metafóricamente, he venido a devorar japoneses, después de haber avanzado isla a isla a un coste humano terrible. Frente a unos soldados imbuidos de un código de honor que les impedía rendirse ni aun cuando no tuvieran ni la más mínima posibilidad de vencer.

¿Demostración de fuerza o paz a cualquier precio?

Las corrientes revisionistas han situado la bomba en la esfera de la incipiente Guerra Fría: un acto de demostración de fuerza no sólo contra Japón, sino contra su todavía aliado, la URSS, que ya en Potsdam se empezaba a perfilar como la amenaza totalitarista que iba sustituir al Eje.

Tripulación del ‘Enola Gay’. Señalados, el copiloto y el comandante.E.M.

Es posible teorizar al respeto, pero sería injusto olvidar el hecho que más pesó en la decisión: la posibilidad de salvar vidas de EEUU después de una campaña brutal. Harry Truman, como antes Roosevelt, quería la paz a cualquier precio, mientras que Winston Churchill entendió la bomba casi como una cuestión humanitaria, a pesar de su brutalidad: doblegaría definitivamente al gobierno militarista de Japón y les ahorraría una conquista atroz con el resultado de millones de muertes no sólo por las armas sino por la terrible hambruna que le acompañaría.

La revisión de la historia que hicieron en Hiroshima cuando los estadounidenses abandonaron el país en 1952, después de haberlo ocupado desde su rendición en 1945, fue distinta. Ni sombra de revanchismo, ni victimismo ‘per se’. Decidieron convertir el lugar en un símbolo por la paz y contra el arsenal nuclear donde sorprenden las justas alusiones a EEUU y al artefacto.

Es lo que queda grabado tras recorrer el parque, el memorial de las víctimas –un impresionante archivo personal de todas y cada una de ellas– y el museo principal, donde no sólo se muestran los efectos que tuvo ‘Little Boy’, sino el peligro de las armas nucleares, el estado actual del arsenal, la legislación internacional y las iniciativas para su erradicación. Se respira activismo: desde los libros de firmas a los sellos contra el armamento nuclear que los visitantes imprimen en los recuerdos de la tienda. El aluvión de dolor agota hasta el punto de sentir casi alivio cuando se sale de la ciudad y la cabeza vuelve a racionalizar, deprisa y brutalmente: ¿y si no hubiera habido bomba, habría habido paz?

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